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Reseña | Cumbres Borrascosas: El deseo y la obsesión bajo la mirada de Fennell

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Desde su publicación en 1847, Cumbres Borrascosas ha sido una novela incómoda. Emily Brontë no escribió una historia de amor convencional, sino un retrato feroz de obsesión, resentimiento y vínculos que se pudren por dentro. Heathcliff y Catherine no son héroes románticos: son fuerzas destructivas atrapadas en su propio orgullo. Adaptar ese material siempre ha sido un riesgo. Emerald Fennell no solo lo asume: lo exacerba.

La directora británica, que ya había demostrado en Promising Young Woman y Saltburn su fascinación por los personajes moralmente ambiguos y emociones llevadas al límite, toma el clásico victoriano y lo reinterpreta desde la experiencia visceral que vivió al leer el libro por primera vez a los 14 años. No intenta ser una reproducción fiel, más bien busca recuperar esa emoción primaria, casi instintiva, que la novela le provocó entonces.

El resultado es una lectura personal, estilizada y deliberadamente provocadora. Aunque se concede algunas libertades, Fennell ha señalado que conservó gran parte del diálogo original de Brontë.

La ambientación

En la novela, los páramos son casi un personaje más: vastos, inhóspitos, indomables. Fennell conserva esa idea, pero la traduce a una experiencia sensorial intensa. El paisaje no es solo escenario, es una extensión del deseo, del rencor, de la desdicha. El viento azota, el barro ensucia, la lluvia se adhiere a la piel y a las telas como si la naturaleza conspirara para borrar cualquier atisbo de civilización.

En entrevistas, la directora ha dicho que quería que el entorno se sintiera “elemental”, casi salvaje, como una fuerza que no observa el drama, lo impulsa. Y esa intención se percibe en cada plano abierto donde el horizonte parece engullir a los protagonistas. Visualmente, la película abraza el exceso con plena conciencia. Busca impedir que el espectador permanezca como observador pasivo y quede atrapado en el torbellino emocional.

El vestuario ha sido uno de los puntos más comentados. Fennell opta por piezas que buscan un impacto sensorial: telas vaporosas, transparencias y texturas que resaltan la corporalidad de los personajes. Algunos críticos han cuestionado esa decisión por considerarla anacrónica o demasiado estilizada; otros la defienden como parte coherente de una propuesta que nunca pretendió ser una reconstrucción histórica rigurosa.

Los protagonistas

Margot Robbie interpreta a Catherine como una fuerza inestable. Su personaje no es etéreo ni delicado. Es impulsivo, caprichoso y ferozmente contradictorio, capaz de ternura y de crueldad en la misma escena. Robbie evita el arquetipo de la mujer sacrificada por amor y construye, en cambio, a alguien que desea con desenfreno, manipula cuando le conviene y lastima con la misma intensidad con la que se entrega.

Jacob Elordi, como Heathcliff, elige el camino opuesto: una presencia contenida que, poco a poco, se vuelve abrasiva. Su aparición inicial es silenciosa, casi retraída, pero bajo esa quietud late una furia que se cocina lentamente. Moldeado por el desprecio y la exclusión social, su idea del amor es contradictoria: oscila entre la sumisión y la entrega absoluta, y el impulso de dominar, de imponer, de poseer aquello que cree suyo por derecho.

La química entre ambos no se plantea como ideal romántico, sino como una dependencia autodestructiva. Fennell subraya la carnalidad de esa conexión hasta convertirla en su lenguaje principal. La cercanía corporal se impone a través de la respiración, los roces y los gestos bruscos que oscilan entre la caricia y la agresión: una coreografía de provocaciones destinada a marcar territorio, ejercer control y dar fe de una noción distorsionada del amor.

Una adaptación atrevida

Lo más interesante de esta versión de Cumbres Borrascosas es que no intenta agradar a los puristas. Fennell reinterpreta la historia sin pedir permiso. Introduce cambios, recortes y decisiones que alteran el ritmo tradicional del relato. Sí, por momentos puede sentirse más estilizada o inclinada hacia una visión casi febril del amor imposible, pero logra atrapar y, sobre todo, sacudirte emocionalmente.

¿Y funciona? Depende de qué se espere. Si se busca una adaptación meticulosa, fiel al detalle y respetuosa a la estructura literaria, esta propuesta probablemente incomode. Si se acepta que un clásico puede deformarse para revelar nuevas aristas, la experiencia resulta estimulante. La directora comprende que esta nunca fue una historia de amor amable. Fue, y sigue siendo, una tragedia impulsada por el orgullo, el deseo y el resentimiento.

Sin revelar su desenlace, basta con decir que la película no ofrece consuelo fácil. Como el viento en los páramos, deja una sensación persistente de devastación y desasosiego, la impresión de que todo pudo haber sido distinto y, al mismo tiempo, que todo estaba condenado desde el inicio. Y quizá esa aflicción sea, precisamente, el mayor acierto de Emerald Fennell.

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