Enero ya se va y el verano sigue con toda esa vibra que parece invitarte a salir, moverte y respirar diferente. Y hay algo curioso: el verano, de forma casi mágica, te hace ser más productivo.
No me refiero a sentarte horas frente a la computadora o tachar una lista interminable de tareas. Me refiero a esa productividad que surge sin que la busques: ideas que aparecen caminando por el malecón, soluciones que llegan mientras tomas un café afuera, decisiones que se aclaran mientras disfrutas un atardecer. Es un tipo de productividad que tiene que ver con claridad mental, energía y ritmo propio, no con estrés ni presión.
El verano te invita a moverte distinto. La luz del sol cambia tu ánimo, tu cuerpo se activa de manera natural y tu mente se despeja. Es como si el calor y la claridad te dijeran: “hazlo, pero disfrútalo”. Y, de repente, sin darte cuenta, avanzas más en un par de horas de enfoque ligero que en días enteros de tensión.
Además, hay algo liberador en los planes simples de verano: salir a caminar, sentarte frente al mar, un picnic improvisado. No son planes productivos en el sentido clásico, pero sí alimenta tu creatividad y te recargan de energía. Y eso, al final, termina reflejándose en todo lo que haces: trabajo, proyectos personales, decisiones importantes.
El verano no es un recordatorio de lo que tienes que hacer. Es un recordatorio de lo que quieres hacer, de lo que te mueve de verdad. Y hacerlo sin culpa, disfrutando, hace que todo fluya de manera más natural. La productividad, en este contexto, deja de ser un deber y se convierte en consecuencia de estar bien contigo misma, con tu tiempo y con tus ganas.
Así que, si este verano sientes que estás avanzando aunque no tengas una agenda apretada, o que tus ideas llegan mientras disfrutas el sol, no te sorprendas. Es el verano haciendo lo que mejor sabe: recordarte que avanzar no siempre es correr; a veces es simplemente moverse con claridad y disfrutar el camino.
