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Reflexiones de 40tena con Carlos Palma

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Carlos Palma, una semana antes de la cuarentena, vivía cruzando Lima con la obsesión de cumplir una agenda agotadora que lo obligaba el tener un programa en Studio 92, una obra de teatro que reunía a mil personas cada noche y el tener que reportear nocturnamente para el programa televisivo “Polizontes”. Recuerda que, en medio de esa vorágine, más de una vez entre semáforos deseaba un poco de pausa donde simplemente no tuviera que hacer nada. Hoy que la tiene no sabe exactamente qué hacer con ella.

Cuando se enteró que el coronavirus ya estaba aquí, lo primero que pensó fue en todo el tiempo que pasó compartiendo espacios, y afectos, con las personas con las que diariamente su trabajo lo obligaba a interactuar y que a grueso número calcula que fácilmente eran más de 100. Se asustó al grado que un pequeño dolor de garganta, que había pasado desapercibido en los días previos, lo sintió como una guillotina que ponía en riesgo su vida. Así tuvo que leer mucho para darse cuenta que la hipocondría es la peor de las consejeras en estas horas de angustia.

Antes que la cuarentena se vuelva palabra corriente, Carlos decidió irse a pasar el fin de semana con su papá a la casa de playa de toda la vida. Pensó que ahí, lejos de la locura mediática, encontraría la calma para pasar estas horas. Armó la maleta con lo básico y se mandó a mudar sin saber que aquellos ambientes (donde pasó tantos veranos) se convertirían en su cuartel de aislamiento. Así tras 6 años, de vivir con su esposa, hoy ha vuelto a tener desayunos familiares de muchas tostadas, a decir la palabra papá más de diez veces al día y dormir en su cuarto de niño.

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Palma acepta que los días de encierro los viene viviendo tranquilo, pero confiesa que ha comenzado a ver una pared de su casa con deseo. Un muro amplio que lo está tentando en sacar las herramientas y hacer algo que lo haga olvidar que no puede salir. “Una repisa, una ventana, lo que sea”, admite con la misma emoción con la que un pintor mira un lienzo vacío. Lo cierto es que hoy Carlos, que siempre tenía la agenda ocupada, admite vivir sin mirar el reloj. No sabe muy bien cómo sentirse con ello, ni cuándo todo esto concluirá, pero tiene en claro que hará cuando todo esto termine: comer pollo a la brasa, con todas las cremas y hartas papas fritas. Esta cita, sin importar el día de retorno, tiene en claro que encabezará su agenda. Ya tiene su primer pendiente.

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